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EN SU TALLER Y HOGAR DE PIRIBEBUY, CON EL APOYO DE SU MADRE, HIJOS Y SOBRINAS

Rosa teje el auténtico poncho de 60 listas

Con sus habilidosas manos, y ayudada por tres personas más, Rosa Segovia culmina en 15 días un auténtico poncho de 60 listas, en su hogar y taller de Piribebuy, acompañada siempre por su mamá, Limpia Paredes de Segovia, sus hijos y su marido. Cada prenda cuesta G. 900.000, pesa 830 gramos y es de hilo 100% algodón, de etiqueta.

Rosa Segovia (50) es artesana de Piribebuy, y de su madre aprendió el arte de tejer con sus hacendosas manos el tradicional y auténtico poncho de 60 listas. Conoce muchísimo acerca de su historia y es muy culta.

La visitamos un jueves por la tarde, cuando un grupo de turistas acudió hasta su hogar y taller, para conocer más de cerca cómo se confecciona esta belleza paraguaya sin par, que ella logra habilidosamente, con la ayuda de sus sobrinas, en especial uno de sus hijos, y siempre acompañada por su mamá, Limpia Paredes de Segovia (70).
A los siete años Rosa ya sabía tejer la fajita, “la parte más difícil. Usamos hilo de coser, de algodón 100%”. Explica que una fajita requiere seis tubitos de 1.000 yardas, y se concluye “según cómo uno trabaja. Si es de sol a sol, se termina a los ocho o diez días”.

El cuerpo del poncho de 60 listas requiere cuatro cajas y media. Luego está el borde (fajita), y después el fleco. El trabajo completo requiere cinco cajas y media de hilo de algodón 100%, de 1.000 yardas.

Los colores más pedidos son el blanco y negro. “También –según el gusto del cliente– negro con rojo, beige con rojo, blanco y rojo, o multicolor, quizá verde y blanco. El multicolor tiene seis colores. En cinco partes lleva el rojo, blanco y azul. Cuando Luis Alberto del Paraná iba a hacer su segunda gira –en la primera hizo con el blanco y negro– le pidió a mi tía Teotista Salinas el poncho de 60 listas rojo, blanco y azul, y otros colores vivos”, comenta entusiasmada Rosa, y explica que “así fue ese poncho con tonos vivos: verde, naranja, un poco de negro, blanco, rojo y azul”.

La prenda completa puede terminarse de tejer en quince días, trabajando cuatro personas. “Ustedes ven ahí que las chicas trabajan juntas, haciendo los flecos. Los telares usamos de a una”, explica.

Visitada por turistas de diversos países, quienes admiran y compran sus ponchos, la artesana indica: “siempre me preguntan de todo sobre mi trabajo; el material, costo, tiempo. La mitad del costo del poncho equivale al material. Además, el saber hacerlo, y el tiempo de tejido. Tengo que exhibir y vender. Son los extranjeros quienes más valoran, como el grupo que vino ahora, de Inglaterra”.

Una pasión
Define que tejer ponchos de 60 listas “es mi pasión. Siempre mi marido –Amado González (52)– me dice ‘dejate nomás’. Hay veces que amanezco con mi telar, a las 5:30. El entra a la cocina; es empleado militar, gana menos que el salario mínimo, tiene la opción de trabajar a la tarde, y ayuda en la casa. No me da lo que gano para tener una empleada doméstica, porque deja poca ganancia y requiere mucho trabajo. Lo hago porque es mi pasión. Cuando mi mamá se levantaba para amamantar a mi hermanito, yo ya me sentaba a soltar sus hilos”.

Le ayudan todos sus hijos, sobre todo Amado Rafael (17). Igualmente Mariano (21) y Daysi (14). Trabajan con ella María Eugenia López González (22), Betina González (18); colaboran y aprenden Gabriela Duarte Cabrera (15) y Flor Canela Romero Paredes (8).

Cooperativa Piribebuy Poty Ltda.
Organizada, Rosa busca apoyo en la Cooperativa Piribebuy Poty Ltda. “Llamo y les digo: ‘mirá que necesito para dos ponchos’. Me dan enseguida el préstamo, hacen todos los papeles, compro el material, entrego los ponchos y pago ya todas mis cuotas. Si tengo pedidos, trabajo, y si no, me siento a esperar”, dice.

Tiene muestras de los distintos tipos de ponchos, y quienes más compran son los extranjeros. Cada uno cuesta G. 900.000, de cualquiera de los colores, en tamaño único. Se ríe al tratar de calcular cuántos ponchos realizó en toda su vida. “Siempre me dicen mis hijos ‘tenés que hacer una agenda, un cuaderno’, me compran para más, y así saber más o menos. Pero siempre anoto, y llega un momento en que me olvido, dejo. Después me preguntan, y les digo ‘no sé’ (risas). No alcanzo 50 ponchos en un año. Serían alrededor de 35” –risas–.

Acerca de la ganancia, sentencia que es “poquísima. Pero no se puede vender más caro. En ese precio la gente compra –pero poco–; si alzo más, ¿quién me va a comprar? Ese es el tema. Es muy difícil, porque la artesanía lleva mucho trabajo, ustedes ven que es minucioso. Si los clientes son de por acá y es para regalo, te dicen ‘¿cuánto me vas a hacer la rebaja?’. Y no puedo. Ese es mi precio”. Sueña con exportar, “Dios nos oiga”, y pide a las autoridades de Piribebuy que se arreglen las calles, que apenas tienen empedrados.

Sin renunciar a nada

Rosa Segovia no renuncia a nada por su trabajo. “Me levanto más temprano, a las tres de la mañana; hago lo que corresponda –planchar las ropas de mis hijos para el colegio, ir a reuniones escolares–, siempre me hago de tiempo para cada quien”. Un poncho terminado pesa 830 gramos y es suave y liviano. Cubre, pero es más de etiqueta.

Empedrado, por favor

Rosa remarca el pedido de que mejoren las calles de Piribebuy. Habló con el intendente del lugar Cayo González, quien le pidió que integre una comisión vecinal. “Muchas veces vienen personas importantes, y el auto tienen que dejar allá en la esquina. Quienes no quieren ingresar sin sus vehículos, ya no llegan”.

Ella tiene la casa muy bien ubicada y coqueta, frente a una canchita. “En la esquina tengo una capilla cuando quiero rezar. A una cuadra, el arroyo Piribebuy, para ir a bañarme, y a la vista, el centro de salud, si me enfermo”.

Apoyo del gobierno

Solicita apoyo del Gobierno para las artesanas, y así contar con un lugar para exposiciones, por ejemplo, y al mismo tiempo tener la oportunidad de participar en exposiciones en el extranjero, sin intermediarios.

Estudios, fundamentales

Rosa –quien es muy culta– culminó la primaria. “Si yo estudiaba, y tenía la oportunidad, sería docente, con sueldo fijo, y después pensión, como necesita mi mamá”. En la artesanía no hay pensiones. “Tenemos que amanecer siempre bien, y trabajar” . Para comunicarse con Rosa, llamar al (0515) 212-097

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